lunes, 26 de junio de 2017

Las dos luminarias

Cuenta una leyenda africana, que hace mucho, muchísimo tiempo, nuestro planeta Tierra tuvo la opción de escoger dos astros del firmamento para que le dieran luz. Y de entre todos, eligió al Sol y a la Luna. Ambas luminarias se pusieron tan contentas que corrieron a compartirlo con la Madre Naturaleza. Fueron a su casa… pero la hallaron cerrada. Fueron al mercadillo que montan los jueves en Saturno… pero tampoco la encontraron. Finalmente, alguien les dijo que se estaba bañando en el lago.
En efecto; allí reposaba sin ninguna ropa, relajándose plácidamente tras una jornada colmada de quehaceres.
La actitud entonces de cada una de aquellas luminarias resultó muy diferente. Mientras que el Sol, entre tímido y pudoroso, apenas miró la desnudez de la diosa, la Luna no paró de contemplarla.
Dicho comportamiento fue percibido por la Madre Naturaleza, quien indicó a ambos astros que se acercaran. De manera que cuando salió del lago, justo en el momento de secarse, comentó al Sol:
- Siempre me has tratado con el máximo respeto. Incluso hoy retiraste tu mirada de mi cuerpo, por si de algún modo me pudieras molestar. En señal de agradecimiento, dispongo que nadie pueda mirarte sin que le dañen los ojos, sin que deba retirar su vista de ti.
Por su parte, preguntó a la Luna:
- ¿Por qué te empecinaste en verme desnuda? ¿Acaso te burlas de mi anatomía? ¿No pensaste ni por un momento que esa actitud me podría molestar? –le increpó con aires de enojo-. A modo de reprimenda, dispongo que desde hoy seas tú la que te expongas a los demás, brillando nítida en la oscuridad del cielo hasta convertirte en centro de todas las miradas.
Al final somos víctimas de nuestras confianzas.
Desde entonces, ningún ser vivo fija su vista en el sol sin que con ello se dañen sus retinas… Y ningún ser humano puede resistir la tentación de dirigir sus ojos, al menos por un instante, hacia ese faro –tan hermoso como indiscreto- que ilumina cada noche de Luna llena.
Esta leyenda acabó porque en algún sitio se perdió. Cuando la vuelva a encontrar, te la volveré a contar.

Nota: Relato titulado Las dos luminarias, incluido en mi libro Catorce lunas llenas.

miércoles, 21 de junio de 2017

En mis tiempos de historiador

Hubo un tiempo en que investigué de manera exhaustiva el consumo de drogas durante la Guerra Civil Española. Junto a mi amigo e historiador Mariano Lázaro, pasamos más de un verano revisando los principales archivos existentes -incluyendo los de Madrid, Ávila y Salamanca-, participamos en varios congresos y publicamos diferentes artículos. Entre ellos, dos que salieron en la enciclopedia temática que en su día editó el diario El Mundo: uno sobre el consumo de alcohol en la Batalla de Teruel y otro sobre las actitudes relacionadas con el tabaco durante el asedio a Madrid. Además de aquel libro titulado Anarquía y lucha antialcohólica en la Guerra Civil Española (Editorial Piedra Papel Libros).
Ciertamente, la información que obtuvimos fue voluminosa, completando la que también nos proporcionaron algunos antiguos combatientes con los que tuvimos la suerte de contactar.
Desde entonces, nuestros textos han sido referenciados en distintos trabajos que abordan aquella Guerra. El penúltimo de ellos, una revista francesa; el último, una tesis italiana. Incluso más de un periodista ha escrito recientemente preguntándonos al respecto.
En el trastero de casa conservo muchos de aquellos datos, apuntes y legajos obtenidos, a la espera de su análisis completo. Hay demasiados inéditos, alguno de lo más llamativo. A la vista del interés que despiertan -a veces pienso que superior a mis relatos-, cualquier día de estos me tomo unas vacaciones como cuentista para regresar a ese rol de historiador. Solo es cuestión de acordarlo con mi amigo Mariano.

lunes, 19 de junio de 2017

Al cierre de una segunda edición

La segunda edición de mi obra Catorce lunas llenas, con la que obtuve el XXXVIII Certamen Literario Carta Puebla, en su modalidad de libro de cuentos, comienza a desvanecerse. Apenas queda media caja de ejemplares, que de seguro se acabarán en las ferias que se avecinan. De momento, no pienso reeditar, aun cuando la decisión final la tomaremos después del verano. La verdad es que en este mundo de tantos no lectores y descargas ilegales, sin agente, editorial o distribuidora, haber agotado esos mil ejemplares tiene muchísimo mérito. Además, me enorgullece haber compartido actividades literarias con una persona tan genial como Lolo -su ilustrador- y saber que el libro se encuentra en distintas bibliotecas emblemáticas -desde la del Centro Penitenciario de Daroca hasta la de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur-.
Por todo ello, quisiera dar las gracias: a los amigos de clubes de lectura como el de la Asociación Asociaconca (Trobajo del Camino, León), de colegios como el CEIP Antonio González de Lama (León), de instituciones como el Instituto Leonés de la Cultura o Bibliotecas Públicas de León, de proyectos solidarios como el de Los Argonautas... Gracias también al Ayuntamiento de Miguelturra y a la Diputación de Ciudad Real... A las librerías que lo han difundido... Y por supuesto, gracias a todos esos amigos que a título individual y a través del boca a boca se han convertido en sus principales embajadores. Sin vuestro apoyo, habría sido imposible.
A modo de cierre de esta edición, comparto el primer párrafo del libro. Porque eso sí, reeditemos o no, nos seguiremos contando:

Aun cuando pueda escribirse de mil formas, todas las historias acostumbran a tener un único comienzo. La mía empieza aquí, en este pequeño pueblo a orillas de un río, conocido por ese bosque de sabinas en el que habita una de las aves voladoras más pesadas del mundo: la avutarda…  Y ese depredador todo terreno, considerado el carnívoro más minúsculo del continente: la comadreja. Esta villa con el clima tan extremo que apenas tiene dos estaciones, verano e invierno, lo que facilita a su gente la ropa que ha de ponerse. Será por eso que solo pillan un catarro al año; ¡lo malo es que les dura seis meses! A menudo sopla en ella demasiado viento. Alguno de sus paisanos agradece entonces tener piedras en el riñón para que no le arrastre consigo; y los que no las padecen, se meten cantos en los bolsillos. Y es que también a esto le sacan ventajas: además de que el viento se lleva las palabras, su colada seca muchísimo mejor... 

jueves, 8 de junio de 2017

De leer y sus efectos

Leer permite cambiar el foco desde el que miramos. Que no nos suceda lo que al pez: ¡que no sabe que está en el agua hasta que no sale de ella! Si la realidad de fuera va a seguir siendo igual, cambiemos al menos nuestra percepción. Te seguirán pasando cosas, pero las observarás desde otro lugar.
Tampoco cabe duda de que existe un lector para cada libro y un libro para cada lector. Al final, unos y otros se acabarán encontrando. En dicha relación, el hábito de leer ha establecido sus propias normas: se trata de un verbo que repudia el modo imperativo –no podemos conjugarlo sintiéndonos obligados-, que devoremos obras no significa que digiramos todas, a las personas no les define tanto aquello que leen como aquello que releen… Y, debemos admitirlo, hay veces que no te salvan ni los libros de autoayuda.
Definitivamente, quien lee sabe más de la vida que quien no lee.
De hecho, esa vida constituye una sucesión de aciertos que siempre nos refuerzan y de errores que no siempre nos enseñan, de rutinas insípidas combinadas con instantes que acaban dejando un buen sabor de boca, de movimientos continuos ante los que cuesta mucho fijar nuestras ideas. Que tengamos valores en ella tampoco significa que todo valga. En ese aprendizaje, como en cada periplo en el que me he embarcado, conté con la ayuda inestimable de una biblioteca. Porque leyendo, al igual que tejiendo cuentos, se nos pasa el tiempo entre costuras (María Dueñas): preparé mi maleta en once minutos (Paulo Coelho), estuve despidiéndome cinco horas con Mario (Miguel Delibes), dimos la vuelta al mundo en ochenta días (Julio Verne) porque nos dijeron que no serán más de tres meses (Adrian Bell)… Y acabé recordando cada detalle durante cien años de soledad (Gabriel García Márquez).
Luego me dio por escribir... Y fundé, entre otros, mi planeta de chocolate, donde lucen cada noche sus catorce lunas llenas.
LEER es un verbo que rebosa magia. La misma que permite imaginar prohibidos allá donde no hay ninguno, cabalgar sobre unicornios hasta el origen del arcoíris, convertirnos en bucaneros, tatuarse bajo la piel el sonido de la lluvia, sobrevolar en dragón los confines del mundo, o compartir cualquier leyenda en esa fiesta del lenguaje llamada Filandón.

Nota: Párrafo incluido en el relato titulado La faena del leñador, incluido en mi libro Catorce lunas llenas

viernes, 2 de junio de 2017

Sin Feria del Libro de Zaragoza

Aun cuando teníamos previsto asistir e incluso es probable que se anuncie mi presencia para mañana sábado en el stand de Librería Albareda, finalmente no podré participar en esta edición de la Feria del Libro de Zaragoza por razones meramente personales. A veces la vida se enreda un poco y, si a ello sumamos la distancia, te impide hacer todo lo que en un momento dado te gustaría hacer.
En cualquiera de los casos, quisiera agradecer a tantos amigos su amistad, a cada lector esa fidelidad, al personal de Albareda su confianza porque siempre están ahí... Y por supuesto, de corazón y con el corazón, desear a todos una feliz Feria, desde la convicción de que nos seguiremos contando en la siguiente.

martes, 30 de mayo de 2017

Un Mundo, una Salud

La tarde del próximo jueves 1 de junio impartiré mi conferencia Consulta del viajero: consejos, quimioprofilaxis y vacunas para un viaje más saludable, dentro del curso acreditado de gestión de riesgos sanitarios Un Mundo, una Salud, organizado entre otros por el Instituto de Estudios de Ciencias de la Salud de Castilla y León, la Dirección General de Salud Pública de la Consejería de Sanidad de la Junta y la Universidad de León.
La exposición de esta ponencia, perteneciente al módulo del curso titulado Una sola salud: estrategia multidisciplinar, la realizaré en el aula "Gordón Ordás", del Edificio el Albéitar (Avda. Facultad, 25, León).

lunes, 29 de mayo de 2017

¡Aúpa Cultu!

¿Quién me iba a decir a mí, hace ya más de diez años, que en aquella ciudad llamada León a la que un día viajaba casi por casualidad acabaría montando mi hogar? La verdad es que en ella vivo muy a gusto, me encanta ejercer de embajador suyo invitando a mis contactos a que vengan a visitarla -de hecho, soy un exportador de primer orden de su riquísima cecina- y considero que actualmente me siento un leonés más. Confieso ser un enamorado de su patrimonio, de sus costumbres, de sus gentes, del tapeo, de su filandón... Y como buen aficionado a este deporte, también de su equipo de fútbol.
Empecé siguiendo a la Cultural Leonesa -a la que, cariñosamente, llamamos la Cultu- en partidos de Tercera. Recuerdo que por entonces necesitaban ingresos, y colaboré con ellos comprándole a Manuel pequeño una equipación y aquella bufanda dedicada por toda su plantilla. Ayer, mi hijo acudió con ella al estadio Reino de León para animar a la Cultural en su partido de ascenso a Segunda División. Ganamos y ascendimos. Él disfrutó como nunca... Y yo, a su lado, como siempre.
Ciertamente, me he alegrado mucho por esta gesta. León, el equipo y su afición lo merecían... y estoy convencido de que va a resultar bueno para toda la ciudad.
Durante las celebraciones en la plaza de Guzmán, Manuel pequeño me advertía de que la temporada que viene vendrá a jugar aquí nuestro Real Zaragoza. "¿Y quién querrás que gané?", le pregunté. Él, con una sonrisa a medio camino entre la inocencia y la picaresca, me respondió que la Cultu... aunque eso sí, "que sea por solo un gol".
Como dijera en cierta ocasión Jorge Valdano, el fútbol es lo más importante de lo que apenas tiene importancia... O como en otra ocasión le acabé respondiendo yo, el fútbol es lo menos importante de aquello que importa demasiado.
Felicidades, León... Y ¡Aúpa Cultu!