viernes, 18 de agosto de 2017

Llorando Barcelona

Aunque me falten palabras, quiero mostrar mi dolor por el atentado terrorista ocurrido ayer en Barcelona. Comparto mi solidaridad con todas las víctimas (descansen en paz las que murieron), mi apoyo a todos los Cuerpos de Seguridad, mi repudio más enérgico a los autores/cómplices de esa barbarie, mi propia impotencia. Y comparto también mi convicción más profunda de que -a pesar de las dificultades- nadie atropellará nuestros valores, nuestra Libertad, nuestros deseos sinceros de una convivencia en Paz.
Barcelona, guapa y cosmopolita. Allí pasé dos años de mi vida, recorriendo mil veces esas Ramblas que te vertebran. Hoy lloro junto a ti.

jueves, 13 de julio de 2017

La ventana mágica

Los últimos libros que han desembarcado en nuestra biblioteca lo hicieron a través de mis hijos. Son obras más infantiles, pero no por ello menos interesantes, con las que nos hemos entretenido, aprendido y -por supuesto- sonreído. Algunas de ellas llegaron vestidas de regalo, dicho en el sentido más entrañable de la palabra: regalo por la intención con la que nos lo dedicaron, regalo por tanta delicadeza en su contenido.
Uno de esos libros cargados de encanto es La ventana mágica (Editorial La Alondra), de Ana Isabel García Capapey, magníficamente ilustrado por Rocío la pequeña. Aun cuando a priori pudiera estar destinado a los niños que realizan un cambio de ciclo escolar -concretamente de infantil a primaria-, se trata en realidad de una enseñanza sobre cómo adaptarse a cualquier edad a los distintos eventos que nos van sucediendo a lo largo de la vida.
Anabel, su autora, es una extraordinaria cuentoterapeuta que derrocha humanidad, a la que tengo por amiga y compañera de viaje en este camino llamado Literatura. Su ventana resulta un juego, una metáfora... una lección magistral para todos los chiquillos, con independencia de los años que tengamos.
Por eso, y con el mismo cariño con el que lo hice ante mis hijos, os invito a que la abráis de par en par.

miércoles, 5 de julio de 2017

Manual de pérdidas

Hay libros que llegan a nosotros de una manera causal. Obras que no esperabas y que en vez de ser tú quien las eliges, son ellas las que te escogen para que las leas. Novelas, versos, piezas de teatro o fábulas que casi sin darte cuenta pasan a formar parte de tu vida.
Me sucedió con Un preso que hablaba de Stanilavsky de Santiago García Tirado, con La última vuelta del scaife de Mercedes Pinto, con Un mundo peor de Claudio Cerdán, con tantos poemas de Raquel Lanceros, con esos relatos de Miguel Paz Cabanas. Cierto día, sus renglones llamaron a mi puerta y se han quedado a vivir conmigo para siempre.
El último de esos libros en instalarse en mi casa ha sido Manual de pérdidas, con el que Javier Sachez García acaba de obtener el I Premio de Novela Breve "Pancho Guerra". En él se cuenta la historia de Abdón, un jubilado amante de la Literatura quien, tras ser diagnosticado de la enfermedad de Alzheimer, decide devolver cada libro que le han regalado a lo largo de su vida a aquella persona que a él se lo regaló.
Bajo tal propósito se esconde una obra de lo más original, muy bien escrita -realmente lo está-, cargada de emotividad, que aborda con realismo el proceso de desgaste progresivo que ocasiona cualquier demencia tanto en el propio afectado como en su familia -de lo que doy fe, como médico y psicólogo-... Una obra en la que los libros adquieren un papel protagonista, escondiendo tras ellos muchas más historias de las que nos cuentan.
Manual de pérdidas es una novela cargada de metáforas a propósito de la Literatura, la memoria, las relaciones humanas, el amor en sus distintas formas...  A pesar de las circunstancias, ofrece una perspectiva positiva que invita a reflexionar, a mirarnos a nosotros mismos, a ser nosotros mismos. Por eso la he leído y releído, por eso la recomiendo, por eso -otra vez casi sin darme cuenta- ha pasado a formar parte de los libros de mi vida.

miércoles, 28 de junio de 2017

Puntualmente tarde

Sucedió el año pasado, mientras impartía clases de Epidemiología en la Facultad. Si empezábamos a las cuatro, yo solía llegar a menos diez, el primer alumno lo hacía a menos cinco, a en punto apenas había media docena, y entre y diez e y cuarto se incorporaba la mayoría. "Con las distancias y tantos atascos, resulta imposible estar en hora", se justificaba el delegado de curso, mientras pedía esos minutos de cortesía. Sea como fuere, las clases rara vez comenzaban antes de las cuatro y cuarto.
Durante estas fiestas de León, he tenido una vivencia similar. El viernes acudimos a ese concierto coral, cuyo inicio se demoró un cuarto de hora... El sábado participamos en cierto espectáculo infantil que empezó veinte minutos tarde... Y el domingo asistimos al concierto de una banda que se inició con ese mismo retraso, "en deferencia a quienes no han podido venir antes".
Siempre he dicho que me considero una persona demasiado germánica en mi cotidianidad y demasiado latina en mis pasiones. Quizá por eso, me moleste tanto esa impuntualidad, que lleva camino de hacerse norma. No en vano, más de uno ya llega a y cuarto a propósito, sabedor de que antes no van a empezar. Son esos minutos de cortesía que se conceden a quien -por los motivos que sea, seguro que en muchos casos razonables- no se presenta a su hora... Si bien, paradójicamente, no dejan de ser descorteses para quienes estábamos allí con exquisita puntualidad.

lunes, 26 de junio de 2017

Las dos luminarias

Cuenta una leyenda africana, que hace mucho, muchísimo tiempo, nuestro planeta Tierra tuvo la opción de escoger dos astros del firmamento para que le dieran luz. Y de entre todos, eligió al Sol y a la Luna. Ambas luminarias se pusieron tan contentas que corrieron a compartirlo con la Madre Naturaleza. Fueron a su casa… pero la hallaron cerrada. Fueron al mercadillo que montan los jueves en Saturno… pero tampoco la encontraron. Finalmente, alguien les dijo que se estaba bañando en el lago.
En efecto; allí reposaba sin ninguna ropa, relajándose plácidamente tras una jornada colmada de quehaceres.
La actitud entonces de cada una de aquellas luminarias resultó muy diferente. Mientras que el Sol, entre tímido y pudoroso, apenas miró la desnudez de la diosa, la Luna no paró de contemplarla.
Dicho comportamiento fue percibido por la Madre Naturaleza, quien indicó a ambos astros que se acercaran. De manera que cuando salió del lago, justo en el momento de secarse, comentó al Sol:
- Siempre me has tratado con el máximo respeto. Incluso hoy retiraste tu mirada de mi cuerpo, por si de algún modo me pudieras molestar. En señal de agradecimiento, dispongo que nadie pueda mirarte sin que le dañen los ojos, sin que deba retirar su vista de ti.
Por su parte, preguntó a la Luna:
- ¿Por qué te empecinaste en verme desnuda? ¿Acaso te burlas de mi anatomía? ¿No pensaste ni por un momento que esa actitud me podría molestar? –le increpó con aires de enojo-. A modo de reprimenda, dispongo que desde hoy seas tú la que te expongas a los demás, brillando nítida en la oscuridad del cielo hasta convertirte en centro de todas las miradas.
Al final somos víctimas de nuestras confianzas.
Desde entonces, ningún ser vivo fija su vista en el sol sin que con ello se dañen sus retinas… Y ningún ser humano puede resistir la tentación de dirigir sus ojos, al menos por un instante, hacia ese faro –tan hermoso como indiscreto- que ilumina cada noche de Luna llena.
Esta leyenda acabó porque en algún sitio se perdió. Cuando la vuelva a encontrar, te la volveré a contar.

Nota: Relato titulado Las dos luminarias, incluido en mi libro Catorce lunas llenas.

miércoles, 21 de junio de 2017

En mis tiempos de historiador

Hubo un tiempo en que investigué de manera exhaustiva el consumo de drogas durante la Guerra Civil Española. Junto a mi amigo e historiador Mariano Lázaro, pasamos más de un verano revisando los principales archivos existentes -incluyendo los de Madrid, Ávila y Salamanca-, participamos en varios congresos y publicamos diferentes artículos. Entre ellos, dos que salieron en la enciclopedia temática que en su día editó el diario El Mundo: uno sobre el consumo de alcohol en la Batalla de Teruel y otro sobre las actitudes relacionadas con el tabaco durante el asedio a Madrid. Además de aquel libro titulado Anarquía y lucha antialcohólica en la Guerra Civil Española (Editorial Piedra Papel Libros).
Ciertamente, la información que obtuvimos fue voluminosa, completando la que también nos proporcionaron algunos antiguos combatientes con los que tuvimos la suerte de contactar.
Desde entonces, nuestros textos han sido referenciados en distintos trabajos que abordan aquella Guerra. El penúltimo de ellos, una revista francesa; el último, una tesis italiana. Incluso más de un periodista ha escrito recientemente preguntándonos al respecto.
En el trastero de casa conservo muchos de aquellos datos, apuntes y legajos obtenidos, a la espera de su análisis completo. Hay demasiados inéditos, alguno de lo más llamativo. A la vista del interés que despiertan -a veces pienso que superior a mis relatos-, cualquier día de estos me tomo unas vacaciones como cuentista para regresar a ese rol de historiador. Solo es cuestión de acordarlo con mi amigo Mariano.

lunes, 19 de junio de 2017

Al cierre de una segunda edición

La segunda edición de mi obra Catorce lunas llenas, con la que obtuve el XXXVIII Certamen Literario Carta Puebla, en su modalidad de libro de cuentos, comienza a desvanecerse. Apenas queda media caja de ejemplares, que de seguro se acabarán en las ferias que se avecinan. De momento, no pienso reeditar, aun cuando la decisión final la tomaremos después del verano. La verdad es que en este mundo de tantos no lectores y descargas ilegales, sin agente, editorial o distribuidora, haber agotado esos mil ejemplares tiene muchísimo mérito. Además, me enorgullece haber compartido actividades literarias con una persona tan genial como Lolo -su ilustrador- y saber que el libro se encuentra en distintas bibliotecas emblemáticas -desde la del Centro Penitenciario de Daroca hasta la de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur-.
Por todo ello, quisiera dar las gracias: a los amigos de clubes de lectura como el de la Asociación Asociaconca (Trobajo del Camino, León), de colegios como el CEIP Antonio González de Lama (León), de instituciones como el Instituto Leonés de la Cultura o Bibliotecas Públicas de León, de proyectos solidarios como el de Los Argonautas... Gracias también al Ayuntamiento de Miguelturra y a la Diputación de Ciudad Real... A las librerías que lo han difundido... Y por supuesto, gracias a todos esos amigos que a título individual y a través del boca a boca se han convertido en sus principales embajadores. Sin vuestro apoyo, habría sido imposible.
A modo de cierre de esta edición, comparto el primer párrafo del libro. Porque eso sí, reeditemos o no, nos seguiremos contando:

Aun cuando pueda escribirse de mil formas, todas las historias acostumbran a tener un único comienzo. La mía empieza aquí, en este pequeño pueblo a orillas de un río, conocido por ese bosque de sabinas en el que habita una de las aves voladoras más pesadas del mundo: la avutarda…  Y ese depredador todo terreno, considerado el carnívoro más minúsculo del continente: la comadreja. Esta villa con el clima tan extremo que apenas tiene dos estaciones, verano e invierno, lo que facilita a su gente la ropa que ha de ponerse. Será por eso que solo pillan un catarro al año; ¡lo malo es que les dura seis meses! A menudo sopla en ella demasiado viento. Alguno de sus paisanos agradece entonces tener piedras en el riñón para que no le arrastre consigo; y los que no las padecen, se meten cantos en los bolsillos. Y es que también a esto le sacan ventajas: además de que el viento se lleva las palabras, su colada seca muchísimo mejor...